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| "En la puerta un cartel: “ESTAMOS DE EXTENSIÓN EN EL MERCADO AGROPECUARIO” |
Por Eduard Encina
El
sábado por la mañana pasé por la librería, pero estaba cerrada. En la puerta un
cartel: “ESTAMOS DE EXTENSIÓN EN EL MERCADO AGROPECUARIO”. Creí que era un
chiste, pero no, si quería comprar el libro de Ciro Bianchi “Contar Cuba: una
historia diferente”, debería ir hasta donde coles, lechugas, ristras de ajo y
plátanos burros convocan al pueblo para salvar el día a día.
Pasé
por mi casa y recogí una jaba. Mi esposa no lo podía creer, yo tampoco. En
menos de un cantío ya estaba frente a la puerta del mercado; dentro, en un
rincón hacia la derecha, formados en herradura, un grupo de personas estaban
reunidas ¿qué sucede?, pregunté y nadie
dijo nada.
Los
que estaban dentro, enseguida pretendieron entonar el Himno Nacional, leyeron un
panfleto de noticias y efemérides, mientras, afuera, la gente que iba llegando,
ansiosa se aglomeraba. Era tanta algarabía que apenas pude escuchar lo que
decían. Lo cierto estaba ante mis ojos y alguien lo dijo “hasta para comprar un
fongo, hay que esperar a que esos peleles se reúnan”.
¿Había
entrado en una novela de García Márquez? ¿Yo también tendría que comerme la
montaña como el personaje de Virgilio Piñera? La reunión se disolvió y
enseguida empujaron la portería: el murmullo comenzó a crecer, los vendedores
pregonaban a viva voz, otros tenían iniciativas y sus voces grabadas anunciaban
desde una bocina lo que vendían, y media Cuba iba para encima de ellos suelta y
sin vacunar.
“Ven
a ver qué rica está mi papaya”, decía una vendedora de ojos saltones y pañuelo
en la cabeza. Pero yo no iba en busca de papayas sino de libros, así que me
dispuse a encontrar el sitio donde podría adquirirlos, luego compraría
pimientos y quizás una calabaza. Allí, entre dos timbirichis estaban las
libreras, con una larga mesa improvisada.
“¿Eh,
escritor, a ti también te mandaron pa´cá con nosotras?”, preguntó una de ellas.
Vine a comprar un libro,- contesté- pero ya veo que no lo trajeron. La librera
hizo una mueca y no se lo pudo aguantar “venimos a hacer el paripé, para
cumplir, pero aquí no se venden ni los libros que cogen para cucuruchos de maní”,
se pasó la mano por el rostro y continuó “… el sábado era el día de mayor venta
en la librería, hacíamos hasta ochocientos pesos… y míranos aquí…”
La
librera dijo con rabia que seguramente “algún entusiasta funcionario escuchó
que el libro es un “alimento espiritual” y enseguida se le ocurrió la IDEOTA”. Sentí
angustia y me quedé para acompañarlas. Vi desfilar frente a nosotros a más de
la mitad del pueblo. Nadie se detuvo a mirar, nadie se imaginaba que Ciro
Bianchi había escrito el libro “Contar Cuba: una historia diferente”. Casi al mediodía
solo habían vendido veinticinco pesos, sin poder evitar que se ensuciaran los
libros cada vez que algún “chistoso consumidor” los manoseara para luego preguntarles:
¿A ver, queridas,… a cómo está el Kg de libro en pie?

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