Espacio de diálogo, palabra grande y compartida que se abre a los ciudadanos del mundo, en la búsqueda de amor y fe a través del acercamiento a la literatura y la vida social y cultural de los cubanos que vivimos isla adentro. Zona de resistencia para intercambiar desde el tamiz de lo personal, aspectos de la vida y la experiencia de aquellos que a veces no tienen voz, ni rostro en los medios, pero sí una participación importante en la construcción de lo cubano en el día a día.

jueves, 9 de febrero de 2017

¿A cómo está el kilogramo de libro en pie?




"En la puerta un cartel: “ESTAMOS DE EXTENSIÓN EN EL MERCADO AGROPECUARIO”
Por Eduard Encina
El sábado por la mañana pasé por la librería, pero estaba cerrada. En la puerta un cartel: “ESTAMOS DE EXTENSIÓN EN EL MERCADO AGROPECUARIO”. Creí que era un chiste, pero no, si quería comprar el libro de Ciro Bianchi “Contar Cuba: una historia diferente”, debería ir hasta donde coles, lechugas, ristras de ajo y plátanos burros convocan al pueblo para salvar el día a día.

Pasé por mi casa y recogí una jaba. Mi esposa no lo podía creer, yo tampoco. En menos de un cantío ya estaba frente a la puerta del mercado; dentro, en un rincón hacia la derecha, formados en herradura, un grupo de personas estaban reunidas ¿qué sucede?, pregunté  y nadie dijo nada.
Los que estaban dentro, enseguida pretendieron entonar el Himno Nacional, leyeron un panfleto de noticias y efemérides, mientras, afuera, la gente que iba llegando, ansiosa se aglomeraba. Era tanta algarabía que apenas pude escuchar lo que decían. Lo cierto estaba ante mis ojos y alguien lo dijo “hasta para comprar un fongo, hay que esperar a que esos peleles se reúnan”.

¿Había entrado en una novela de García Márquez? ¿Yo también tendría que comerme la montaña como el personaje de Virgilio Piñera? La reunión se disolvió y enseguida empujaron la portería: el murmullo comenzó a crecer, los vendedores pregonaban a viva voz, otros tenían iniciativas y sus voces grabadas anunciaban desde una bocina lo que vendían, y media Cuba iba para encima de ellos suelta y sin vacunar. 
“Ven a ver qué rica está mi papaya”, decía una vendedora de ojos saltones y pañuelo en la cabeza. Pero yo no iba en busca de papayas sino de libros, así que me dispuse a encontrar el sitio donde podría adquirirlos, luego compraría pimientos y quizás una calabaza. Allí, entre dos timbirichis estaban las libreras, con una larga mesa improvisada.

“¿Eh, escritor, a ti también te mandaron pa´cá con nosotras?”, preguntó una de ellas. Vine a comprar un libro,- contesté- pero ya veo que no lo trajeron. La librera hizo una mueca y no se lo pudo aguantar “venimos a hacer el paripé, para cumplir, pero aquí no se venden ni los libros que cogen para cucuruchos de maní”, se pasó la mano por el rostro y continuó “… el sábado era el día de mayor venta en la librería, hacíamos hasta ochocientos pesos… y míranos aquí…”
La librera dijo con rabia que seguramente “algún entusiasta funcionario escuchó que el libro es un “alimento espiritual” y enseguida se le ocurrió la IDEOTA”. Sentí angustia y me quedé para acompañarlas. Vi desfilar frente a nosotros a más de la mitad del pueblo. Nadie se detuvo a mirar, nadie se imaginaba que Ciro Bianchi había escrito el libro “Contar Cuba: una historia diferente”. Casi al mediodía solo habían vendido veinticinco pesos, sin poder evitar que se ensuciaran los libros cada vez que algún “chistoso consumidor” los manoseara para luego preguntarles: ¿A ver, queridas,… a cómo está el Kg de libro en pie?

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