| "En los tiempos que transcurren, el lector ha de entrenar el ojo para no confundir la cultura de la información con la del conocimiento" |
Por
Eduard Encina
¿Qué es un lector?, me preguntaba,
mientras despedíamos el Verano 2016 con una “lectura de verano” en Baire, el
pueblo donde vivo. Ahora que Cuba está inmersa en el inicio de la Feria del
Libro, decido escribir algunas ideas que provoquen un posible diálogo con los
lectores de Cimarronzuelo. Sin
embargo, al intentar explicarme esa interrogante, emergía otra no menos
compleja ¿Qué es un escritor?
En algún texto leí una sentencia de
Meshonic que intentaba solucionar esta disyuntiva: “Quién lee se lee. Quién
escribe se escribe”. ¿Acaso estaría
resolviendo o planteando nuevas interrogantes? ¿Hasta qué punto un escritor se
escribe y un lector se lee? ¿El texto escrito se convierte en la muerte del
autor y a la vez en el nacimiento del lector?
Existe un espacio común entre el que
escribe y el que lee, pues ambos ejercen un oficio solitario. No existe un
carácter coral en estos actos, sino que únicamente es posible (al menos en su
intención primigenia) desde una perspectiva individual. El que escribe crea
sentidos, el que lee los agrega. Para el escritor argentino Jorge Luis Borges
cada lectura renueva el texto ¿Leer como acto de creación? Pudiera ser esta una
de las posibilidades a la que aspira la literatura contemporánea, romper con el
carácter pasivo del lector, permitiéndole “leerse a sí mismo, desde lo que
conoce” o tal vez pudiera ser (como postuló Lezama) a la inversa “aprender
desconociendo”. Mucho antes Platón había dejado un axioma casi místico a la
posteridad: “Conocer es recordar”. Si leer es un acto conciente, el lector ha
de entrenar estructuras de pensamiento que le permitan “recordar”, es decir,
volver hacia lo leído constantemente para dotarlo de nuevos significados.
Así, ante el universo de la palabra
escrita crece un universo de lectores también estratificados hacia distintos
niveles de descodificación (y casi podríamos decir de “enriquecimiento”) del
texto. Suelo confesar que fui un pésimo lector durante la infancia. Obsesionado
con dibujar lo que me rodeaba, no percibí (ni me hicieron percibir) que en los
libros también existía un mundo imaginado, y por tanto real, en espera de que
yo me acercara a conocerlo, ¿o recordarlo? Fue por eso que después tuve que
leerme toda aquella literatura, ya sin la magia de la inocencia, sino con la
incredulidad del que no puede ver en el sombrero de Saint Exupéry la boa que se
tragó a un elefante.
Durante el acto de leer se activan
otras lecturas, nuevos diálogos que permitirán (en dependencia del
entrenamiento del lector para recordar) el alcance de un texto “flexible”, es
decir: potencial. Pero en la palabra escrita o leída, el asunto no es solo una
cuestión semántica, sino de comprensión de códigos y símbolos que maneja el
lector para enriquecer y matizar sus lecturas.
En los tiempos que transcurren, el
lector ha de entrenar el ojo para no confundir la cultura de la información con
la del conocimiento. Según el muy socorrido proverbio “La clave de la
superficie está en el fondo”, hacia allí ha de sumergirse para descubrir o
descubrirse. Ser un lector informado, presupone una actitud reproductiva y
acomodaticia, una especie de almacén de nombres, conceptos y no de procesos,
razonamientos. Un lector en el conocimiento estimula el pensamiento, es como
una piedra que al caer al agua, se prolonga en crecientes círculos que buscan
la orilla con el ánimo de sopesar otra sustancia.
Cuando leo estoy seguro que se ha
instaurado en mí algo que todavía desconozco, pero sé que me pertenece, y por
lo tanto he de cuidarlo hasta que pueda revelar su naturaleza, que casi siempre
se parece mucho a lo que escribo.
Ustedes, los que leen, ustedes los que
escriben, quizás puedan acercarse mejor a la sentencia del principio ¿Quién lee
se lee? ¿Quién escribe se escribe?
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