Espacio de diálogo, palabra grande y compartida que se abre a los ciudadanos del mundo, en la búsqueda de amor y fe a través del acercamiento a la literatura y la vida social y cultural de los cubanos que vivimos isla adentro. Zona de resistencia para intercambiar desde el tamiz de lo personal, aspectos de la vida y la experiencia de aquellos que a veces no tienen voz, ni rostro en los medios, pero sí una participación importante en la construcción de lo cubano en el día a día.

lunes, 13 de febrero de 2017

Ustedes, los que leen



"En los tiempos que transcurren, el lector ha de entrenar el ojo para no confundir la cultura de la información con la del conocimiento"
Por Eduard Encina

¿Qué es un lector?, me preguntaba, mientras despedíamos el Verano 2016 con una “lectura de verano” en Baire, el pueblo donde vivo. Ahora que Cuba está inmersa en el inicio de la Feria del Libro, decido escribir algunas ideas que provoquen un posible diálogo con los lectores de Cimarronzuelo. Sin embargo, al intentar explicarme esa interrogante, emergía otra no menos compleja ¿Qué es un escritor?

En algún texto leí una sentencia de Meshonic que intentaba solucionar esta disyuntiva: “Quién lee se lee. Quién escribe se escribe. ¿Acaso estaría resolviendo o planteando nuevas interrogantes? ¿Hasta qué punto un escritor se escribe y un lector se lee? ¿El texto escrito se convierte en la muerte del autor y a la vez en el nacimiento del lector? 

Existe un espacio común entre el que escribe y el que lee, pues ambos ejercen un oficio solitario. No existe un carácter coral en estos actos, sino que únicamente es posible (al menos en su intención primigenia) desde una perspectiva individual. El que escribe crea sentidos, el que lee los agrega. Para el escritor argentino Jorge Luis Borges cada lectura renueva el texto ¿Leer como acto de creación? Pudiera ser esta una de las posibilidades a la que aspira la literatura contemporánea, romper con el carácter pasivo del lector, permitiéndole “leerse a sí mismo, desde lo que conoce” o tal vez pudiera ser (como postuló Lezama) a la inversa “aprender desconociendo”. Mucho antes Platón había dejado un axioma casi místico a la posteridad: “Conocer es recordar”. Si leer es un acto conciente, el lector ha de entrenar estructuras de pensamiento que le permitan “recordar”, es decir, volver hacia lo leído constantemente para dotarlo de nuevos significados.

Así, ante el universo de la palabra escrita crece un universo de lectores también estratificados hacia distintos niveles de descodificación (y casi podríamos decir de “enriquecimiento”) del texto. Suelo confesar que fui un pésimo lector durante la infancia. Obsesionado con dibujar lo que me rodeaba, no percibí (ni me hicieron percibir) que en los libros también existía un mundo imaginado, y por tanto real, en espera de que yo me acercara a conocerlo, ¿o recordarlo? Fue por eso que después tuve que leerme toda aquella literatura, ya sin la magia de la inocencia, sino con la incredulidad del que no puede ver en el sombrero de Saint Exupéry la boa que se tragó a un elefante.

Durante el acto de leer se activan otras lecturas, nuevos diálogos que permitirán (en dependencia del entrenamiento del lector para recordar) el alcance de un texto “flexible”, es decir: potencial. Pero en la palabra escrita o leída, el asunto no es solo una cuestión semántica, sino de comprensión de códigos y símbolos que maneja el lector para enriquecer y matizar sus lecturas.

En los tiempos que transcurren, el lector ha de entrenar el ojo para no confundir la cultura de la información con la del conocimiento. Según el muy socorrido proverbio “La clave de la superficie está en el fondo”, hacia allí ha de sumergirse para descubrir o descubrirse. Ser un lector informado, presupone una actitud reproductiva y acomodaticia, una especie de almacén de nombres, conceptos y no de procesos, razonamientos. Un lector en el conocimiento estimula el pensamiento, es como una piedra que al caer al agua, se prolonga en crecientes círculos que buscan la orilla con el ánimo de sopesar otra sustancia. 

Cuando leo estoy seguro que se ha instaurado en mí algo que todavía desconozco, pero sé que me pertenece, y por lo tanto he de cuidarlo hasta que pueda revelar su naturaleza, que casi siempre se parece mucho a lo que escribo.

Ustedes, los que leen, ustedes los que escriben, quizás puedan acercarse mejor a la sentencia del principio ¿Quién lee se lee? ¿Quién escribe se escribe?

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