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| "Un caballo era mejor que estar solo; se había pasado cuarenta y siete años trabajando duro, y ahora la pensión de jubilado no le alcanzaba ni para tomarse un vaso con leche cada mañana" |
Por
Eduard Encina
Cuando
mi padre se jubiló, le compré un caballo. Mi madre había muerto y un caballo le
ayudaría a olvidar. Se llamaba Alejandro, pero mi padre le puso Lucero “un
caballo no se puede llamar como la gente”, dijo. Desde entonces semejante al
cuento de Onelio, el caballo y mi padre se volvieron una sola cosa, pero a un
caballo no se le puede querer como a la gente.
Ese
fue el error de mi padre. Un caballo era mejor que estar solo; se había pasado
cuarenta y siete años trabajando duro, y ahora la pensión de jubilado no le
alcanzaba ni para tomarse un vaso con leche cada mañana. Comenzó a creerse que
Lucero en verdad escuchaba sus peroratas y frustraciones. Debajo de la algarroba
donde solía amarrarlo para que bebiera agua a la sombra, no se cansaba de hacer
planes, compraría un carretón y mientras tuviera fuerzas, nadie iba a burlarse
de sus convicciones y su pobreza.
Comenzando
el año, una tardecita de enero, salió a buscarlo antes que cayera la noche,
pero Lucero no estaba. Por mucho que lo incité no hizo nada por encontrar el
animal, “ese es mi destino” susurró con rabia o impotencia, daba lo mismo.
Desde entonces se sienta debajo del almendro, a ver cómo pasa la nada frente a
sus ojos, una nada enorme en forma de caballo que, según él, a veces se queja y
otras veces relincha.
Hace
unos días los muchachos le trajeron los cascos y la cabeza. ¿Este es lucero?,
preguntaron con terrible inocencia. Mi padre les dijo que no, que lucero era
más grande, y que seguro andaba por ahí detrás de alguna yegua ruina, que ese,
el que traían muerto, como un trofeo, seguramente, se llamaba Alejandro.

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