Espacio de diálogo, palabra grande y compartida que se abre a los ciudadanos del mundo, en la búsqueda de amor y fe a través del acercamiento a la literatura y la vida social y cultural de los cubanos que vivimos isla adentro. Zona de resistencia para intercambiar desde el tamiz de lo personal, aspectos de la vida y la experiencia de aquellos que a veces no tienen voz, ni rostro en los medios, pero sí una participación importante en la construcción de lo cubano en el día a día.

sábado, 18 de febrero de 2017

Es mejor un caballo que estar solos



"Un caballo era mejor que estar solo; se había pasado cuarenta y siete años trabajando duro, y ahora la pensión de jubilado no le alcanzaba ni para tomarse un vaso con leche cada mañana"

Por Eduard Encina

Cuando mi padre se jubiló, le compré un caballo. Mi madre había muerto y un caballo le ayudaría a olvidar. Se llamaba Alejandro, pero mi padre le puso Lucero “un caballo no se puede llamar como la gente”, dijo. Desde entonces semejante al cuento de Onelio, el caballo y mi padre se volvieron una sola cosa, pero a un caballo no se le puede querer como a la gente.

Ese fue el error de mi padre. Un caballo era mejor que estar solo; se había pasado cuarenta y siete años trabajando duro, y ahora la pensión de jubilado no le alcanzaba ni para tomarse un vaso con leche cada mañana. Comenzó a creerse que Lucero en verdad escuchaba sus peroratas y frustraciones. Debajo de la algarroba donde solía amarrarlo para que bebiera agua a la sombra, no se cansaba de hacer planes, compraría un carretón y mientras tuviera fuerzas, nadie iba a burlarse de sus convicciones y su pobreza.

Comenzando el año, una tardecita de enero, salió a buscarlo antes que cayera la noche, pero Lucero no estaba. Por mucho que lo incité no hizo nada por encontrar el animal, “ese es mi destino” susurró con rabia o impotencia, daba lo mismo. Desde entonces se sienta debajo del almendro, a ver cómo pasa la nada frente a sus ojos, una nada enorme en forma de caballo que, según él, a veces se queja y otras veces relincha.

Hace unos días los muchachos le trajeron los cascos y la cabeza. ¿Este es lucero?, preguntaron con terrible inocencia. Mi padre les dijo que no, que lucero era más grande, y que seguro andaba por ahí detrás de alguna yegua ruina, que ese, el que traían muerto, como un trofeo, seguramente, se llamaba Alejandro.

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