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| "Es aquí donde coloco al libro como antídoto, como exorcismo contra los demonios de la rutina y el sin sentido" |
Por
Jorge L. Legrá (Escritor)
Nuestra
civilización industrializada, informatizada y robotizada nos deslumbra como una
inmensa hoguera de libros. Nos sentimos más seguros y confortables en el club
de computación que en las salas de la Biblioteca. ¿Para qué leer?, hay tanto que vivir,
tanto que experimentar.
En
algún ensayo de Jorge Luís Arcos leí cierta alusión a que estos tiempos que
vivimos nos trastornan, convirtiéndonos en víctimas de la “tendencia suicida que preside la historia y la cultura contemporánea”.
Encendemos la televisión y enseguida nos agreden crisis financieras, amenazas
ecológicas, bombas, guerras de las galaxias y el travestismo mediático, sobre
todo.
Eran
los años 60 del siglo pasado cuando Medardo Vitier adelantaba algunas
reflexiones, por no decir clarividencias, sobre este asunto, “El hombre (decía) ha progresado asombrosamente en su dominio de la naturaleza, pero no
en el de su naturaleza”. Aquella lucidez, entonces, debió reorientarnos pero
continuamos obstinados, perdiéndonos en eso que definiríamos términos de
felicidad, confort y amor.
“¿Qué es
el amor?” preguntaba Djuna Barnes, la novelista, “¿Acaso es el hombre que busca su propia cabeza?”. Las Sagradas
Escrituras, sapiensales sin dudas, aportan los conceptos de un apóstol llamado
Pablo, quien habla de la existencia de un hombre
exterior y un hombre interior: Uno
busca la embriaguez, la sensualidad; el otro, el discernimiento, la salvación.
Es
aquí donde coloco al libro como antídoto, como exorcismo contra los demonios de
la rutina y el sin sentido. Juan Goytosolo en algún momento comentó que el más
hermoso jardín era un armario lleno de libros. En tiempo de crisis la lectura
es respiro y salvación, las librerías deberían ser visitadas como sitios
oraculares donde el espíritu pueda resolver sus enigmas.
Por
los libros conocí a un rey cruel, que se hacía traer cada día una doncella
virgen a su habitación, y después de casarse con ella la desfloraba para luego
mandarla a matar. Las doncellas del palacio temblaban seguras de que en
cualquier momento llegaría su turno. Pero Zherezada era una virgen astuta, cada
noche convencía al rey para narrarle una historia más. Durante mil noches, Zherezada
se mantuvo con vida mediante este ardid literario. En la última noche ya el rey
había sufrido una mutación, era un nuevo ser, justo y sin crueldad: La
literatura lo había transfigurado.
¿Acaso
la lectura posee esa potencia redentora que necesita el mundo?

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