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| "Después de varios intentos por fin arranca y comienza la odisea de arriesgar la vida dentro de un museo rodante" |
Cada
mañana para ir al trabajo me monto en el Almendrón, así le llaman a un
armastrote con carrocería de Chevrolet del 54, pero en realidad es un
frankestain que tiene piezas hasta de un perro. Moro, su chofer, es un tipo
simpático que en menos de nada comenta el número que salió anoche en la charada
del Táchira o comienza hablar mal del gobierno, pero él mismo te advierte que
no le hagas caso pues “hasta en la serie policial Día y Noche casi todos los
boteros somos informantes de la secreta”.
Como
soy cliente fijo Moro me guarda siempre un asiento al lado suyo. “Te gusta
estar cerca de la muerte, gordito”, bromea. No sabe que el verdadero motivo por
el que me siento junto a él es su conversación, que logra distraerme, de lo
contrario sería un maniático, un loco que sale a morirse todos los días como si
fuera para el trabajo.
Al
montar uno siente el olor a óxido, petróleo, revisa bien si la puerta cerró, e
intenta acomodar las nalgas para no pincharse con algún muelle partido.
Mientras el viaje se completa uno se acostumbra. Después de varios intentos por
fin arranca y comienza la odisea de arriesgar la vida dentro de un museo
rodante, que por momentos parece perder la dirección, pero el diestro Moro
maniobra “oh, caballo”, dice y sonríe con cierto orgullo de tener dominio de la
situación.
En
mi pueblo el transporte estatal apenas existe, además no tiene horario. A veces
tampoco funciona el particular, los inspectores estatales revisan la
documentación ¿A ver, Frankestain,
muéstreme sus documentos?, dice Moro para burlarse del cuerpo de inspección “es
para reírse, piden hasta los comprobantes de compra del combustible”. Pero es
gracias al Almendrón que cada día puedo poner un plato de comida en la mesa a
mis hijos.
Monto.
Casi nunca miro a los que vienen en los asientos de atrás, eso no me interesa,
no es más importante que conservar la vida. Moro está de buen humor, asegura
que Donald Trump será mejor que Obama, “él es negociante,
gordito, y ahorita comenzarán a entrar piezas para mi Chevrolet; ahora sí mejoraremos”.
Creo que este será un buen tema de conversación para olvidar (una vez más)a la
pelona.

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