Espacio de diálogo, palabra grande y compartida que se abre a los ciudadanos del mundo, en la búsqueda de amor y fe a través del acercamiento a la literatura y la vida social y cultural de los cubanos que vivimos isla adentro. Zona de resistencia para intercambiar desde el tamiz de lo personal, aspectos de la vida y la experiencia de aquellos que a veces no tienen voz, ni rostro en los medios, pero sí una participación importante en la construcción de lo cubano en el día a día.

miércoles, 5 de abril de 2017

Vivir en un país de alcohol era el sueño de mi vida



Muchas veces me quedé a su lado, le pedí que dejara la bebida, podría llevarlo al médico, a una clínica de rehabilitación si lo permitía: “!no estoy enfermo!” - dijo y pidió que lo dejara vivir su vida.

Por Eduard Encina

Raciel era mi mejor amigo. En el Pre se hacía “el cheche” porque andaba en algo con una profesora. Le decíamos “El profe”, a ver si nos contaba de su experiencia amorosa, pero nunca lo vimos hablar más de la cuenta ni fumar y mucho menos beber hasta el delirio, como ahora. Raciel era perfecto.

Siendo apenas muchachos, nos íbamos los fines de semana hasta Cuica (una finquita en los alrededores del pueblo donde vivo) a cazar pájaros y bañarnos en la poza que tenía una palma en el centro. Allí, en una foto de revista vimos por primera vez una mujer desnuda. Se llamaba Betty James, pero le pusimos Anita Falcón, como la chica más linda de la escuela, y desde entonces Anita se convirtió en la novia de todos, después crecimos y cada uno tomó su rumbo.

Pero un día él regresó de Matanzas, a donde se había ido a vivir con unos parientes después que sucedió lo de su madre. Raciel tenía bigotes, canas y la botella a un lado del pequeño muro donde solía sentarse por las tardecitas. Muchas veces me quedé a su lado, le pedí que dejara la bebida, podría llevarlo al médico, a una clínica de rehabilitación si lo permitía: “!no estoy enfermo!” - dijo y pidió que lo dejara vivir su vida.

Ayer me senté en el parque y comenzó la película. Creí que era Richard Gere y esa que venía, la del vestido azul no era Julia Roberts sino Anita Falcón recién llegada desde Miami con la misma ternura de la adolescencia. Me saludó y al instante soltó la pregunta ¿Cuéntame, qué sabes de la vida de Raciel? Como casi todos, no podía creer en lo que se había convertido y me pidió que la llevara a verlo.

Estaba acostado sobre el cemento. Lo llamamos por su nombre. Levantó la cabeza e intentó abrir los ojos. Con nuestra ayuda pudo incorporarse, un filete de baba calló sobre su pecho, intenté limpiarlo con el pañuelo y me apartó la mano. A Anita no le importó el insoportable tufo del alcohol, ni el churre que Raciel había acumulado sabrá Dios durante cuántos días, le pasó la mano por el rostro, creo que lloró cuando ella besó su frente.

Volvimos al parque y enseguida se dio cuenta de que faltaba el flamboyán. Lo cortaron le dije. Todo se está acabando, comentó. Antes de irse, sacó un billete y lo echó en mi bolsillo, “dáselo cuando esté sobrio y dile que pasé por aquí”. Al otro día Raciel no podía creerlo, no había sido una alucinación, tomó el billete y sonrió con el placer de quién podrá comprar muchas botellas: “Vivir en un país de alcohol y besar a Anita Falcón era el sueño de mi vida, – dijo- y ya ves: lo cumplí”.

Fotorafía del archivo personal de Abdelillo

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