Espacio de diálogo, palabra grande y compartida que se abre a los ciudadanos del mundo, en la búsqueda de amor y fe a través del acercamiento a la literatura y la vida social y cultural de los cubanos que vivimos isla adentro. Zona de resistencia para intercambiar desde el tamiz de lo personal, aspectos de la vida y la experiencia de aquellos que a veces no tienen voz, ni rostro en los medios, pero sí una participación importante en la construcción de lo cubano en el día a día.

sábado, 22 de abril de 2017

Las mañanas del cafè




 
por Yunier Riquenes

El muchacho tenía dos hijos. Dos niños que siempre traía al retortero, sobre su bicicleta. Trabajaba de locutor en la emisora municipal. Muchas mujeres encendían el radio bien temprano para escuchar su voz y sus consejos. No había nadie que no lo conociera, que no lo detuviera al pasar para enviar un mensaje a alguien o para felicitar por el cumpleaños o por el aniversario de bodas. 

Cada mañana, después que terminaba sus primeras horas de trasmisiones, el muchacho iba a tomar un café. Siempre en la misma mesa, en la misma esquina. Tomaba uno y luego fumaba un cigarro. Después tomaba dos o tres tazas más. Siempre le permitía a la gente que se le sentara a su lado, y conversaba con el borracho, la camarera, con algún amigo o compañero de paso, a veces invitaba al viejo de la puerta, que vendía cigarros, a tomarse un café.  

El viejo que vendía cigarros se había jubilado hacía años. Había combatido en la guerra de liberación, pero el dinero no le alcanzaba. Los hijos del viejo no querían saber de él.
El viejo siempre estaba a la entrada, desde antes de abrir el Café hasta bien tarde en la noche. Aunque no hubiera cigarros en las cafeterías, el viejo tenía, nadie sabía de dónde. 

En algún momento el viejo le regaló un cigarro al muchacho. A veces escuchaba su programa. Pero no le gustaba la radio.

Nadie supo cómo, pero una mañana. Unos muchachos llegaron a reclamarle al viejo. Comenzaron a golpearlo, a quitarle los cigarros y el dinero. El muchacho se paró de su mesa y no habló hermosamente como lo hacía ante el micrófono y agarró a uno y otro, pero no pudo esquivar el tubo que le partió la cara, que lo dejó esa mañana, sin recoger a sus hijos. 

Después llegó la policía y se llevaron a los muchachos y al viejo por traficar.

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