por Yunier Riquenes
El muchacho tenía dos hijos. Dos niños que siempre traía
al retortero, sobre su bicicleta. Trabajaba de locutor en la emisora municipal.
Muchas mujeres encendían el radio bien temprano para escuchar su voz y sus
consejos. No había nadie que no lo conociera, que no lo detuviera al pasar para
enviar un mensaje a alguien o para felicitar por el cumpleaños o por el
aniversario de bodas.
Cada mañana, después que terminaba sus primeras horas de
trasmisiones, el muchacho iba a tomar un café. Siempre en la misma mesa, en la
misma esquina. Tomaba uno y luego fumaba un cigarro. Después tomaba dos o tres
tazas más. Siempre le permitía a la gente que se le sentara a su lado, y
conversaba con el borracho, la camarera, con algún amigo o compañero de paso, a
veces invitaba al viejo de la puerta, que vendía cigarros, a tomarse un
café.
El viejo que vendía cigarros se había jubilado hacía
años. Había combatido en la guerra de liberación, pero el dinero no le
alcanzaba. Los hijos del viejo no querían saber de él.
El viejo siempre estaba a la entrada, desde antes de
abrir el Café hasta bien tarde en la noche. Aunque no hubiera cigarros en las
cafeterías, el viejo tenía, nadie sabía de dónde.
En algún momento el viejo le regaló un cigarro al
muchacho. A veces escuchaba su programa. Pero no le gustaba la radio.
Nadie supo cómo, pero una mañana. Unos muchachos llegaron
a reclamarle al viejo. Comenzaron a golpearlo, a quitarle los cigarros y el
dinero. El muchacho se paró de su mesa y no habló hermosamente como lo hacía
ante el micrófono y agarró a uno y otro, pero no pudo esquivar el tubo que le
partió la cara, que lo dejó esa mañana, sin recoger a sus hijos.
Después llegó la policía y se llevaron a los muchachos y
al viejo por traficar.
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