Espacio de diálogo, palabra grande y compartida que se abre a los ciudadanos del mundo, en la búsqueda de amor y fe a través del acercamiento a la literatura y la vida social y cultural de los cubanos que vivimos isla adentro. Zona de resistencia para intercambiar desde el tamiz de lo personal, aspectos de la vida y la experiencia de aquellos que a veces no tienen voz, ni rostro en los medios, pero sí una participación importante en la construcción de lo cubano en el día a día.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Todo anciano merece algo más que una ventana



 
 "A sus noventa y ocho años no se acostumbra a vivir entre paredes de concreto, necesita asomarse al jardín, disfrutar un puñado de luz o imaginar el canto de los tomeguines que ya no están"
  
Por Eduard Encina

Apenas sale el sol, Aniceta va hasta la ventana. A sus noventa y ocho años no se acostumbra a vivir entre paredes de concreto, necesita asomarse al jardín, disfrutar un puñado de luz o imaginar el canto de los tomeguines que ya no están, como antes, en los árboles del patio.

Rosendo, su marido, nunca la dejó sola en casa. Prefería acompañarlo en las labores del cafetal, pero Rosendo ya no está y a ella la trajeron a vivir con la mayor de sus hijas. La casa es demasiado grande, a veces se pierde y comienza a dar gritos, necesita buscar aire, conversa con sus hermanas muertas y aunque ahora vive en el pueblo, a veces quiere salir a mudar la chiva.

Toma el bastón y llega hasta el portal, allí algunas personas conversan pero ella no puede escucharlos. Se acerca un poco y pregunta ¿ustedes, qué desean?, todos sonríen, le hacen alguna broma y después le explican “somos tu familia ¿no nos reconoces?” Entonces, ella los mira fijo intentando adivinar alguno de esos rostros en la memoria.                                                                                                                                                                                            
Últimamente no deja dormir, se está levantando de madrugada, al parecer quiere llegar primero que el sol a su ventana. Arranca una hoja de menta para tener un poco de paisaje en la mano y comienza a cantar añejas décimas con su voz milagrosa y quebrada: el carpintero Narciso, /se le murió la mujer, /como era de su querer, /otra de madera hizo, /fue tanto lo que la quiso, /que la metió en las arenas, /y ella sin culpas ni penas, /al carpintero mató, /y por eso digo yo: /mujer ni de palo es buena. 

A veces la familia se cansa porque repite siempre la misma historia del cafetal y su marido Rosendo, es el nombre de su marido la única cosa que no olvida, duraron setenta años casados. Anís, como todos la llaman, está viva, pero solo le queda lugar en la ventana, desde allí se conecta con sus recuerdos y golpea suave el bastón contra el piso, mientras canta una cuarteta: El día que yo me muera /que me entierren en candonga / y aquel que a mí no me quiera /que ni unas flores me ponga.      

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