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| "La vi coger calle abajo con aquel hombre que le tanteaba las nalgas, sopesando la calidad de la mercancía" |
Por Jorge L. Legrá
Tengo que mantener a mamá y a mi niña, no quedan opciones.
Contestó y se fue precipitada donde la esperaba otro cliente. Ni siquiera
intenté detenerla. En algo tenía razón, el salario de maestra primaria apenas
cubre una semana de alimentos para su familia.
La vi coger calle abajo con aquel hombre que le tanteaba las
nalgas, sopesando la calidad de la mercancía. Ella le sonreía, era parte de su
negocio, del único que sabía hacer. Por más que lo intenté nunca pude
aconsejarle alguna otra alternativa. La inexistencia de medios honestos que
permitan cubrir las necesidades es un hecho que el día a día restriega en nuestras
narices. La única salida parece indicar hacia la flagelación de los valores con
una maniobra económica que nos mantenga a flote.
La maestra, es un lastimoso ejemplo, asegura un estipendio,
pero su mayor preocupación es salir cuanto antes en busca de un comprador de
sexo; se la pasa inventando un ardid para malversar el tiempo que debería estar
trabajando con los niños.
No sería para nada una tarea inútil, recoger en un texto los
mil modos y medios en que se desgastan muchos cubanos en operaciones de
auténtica sobrevivencia. El salario y la manoseada canasta básica han
descendido a ser esa porcioncita arrojada, con pedantería, al platillo del
indigente.
La he visto bajar los ojos, decirme que la mayoría de las
veces quiere morirse, se siente sucia, no aguanta más; que disfruta ver cómo
sus alumnos aprenden y algunos hasta le brindan de su merienda. Sobre todo comenta:
“no es fácil estar enseñando valores morales, y un momento después, ir con tu
culo a violarlos todos”.

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