Por Eduard Encina.
Yo
tenía once años cuando lo conocí, era el subdirector docente en la Secundaria Básica
Willy Varcárcel donde estudié. Todos los muchachos le temían, Marino Fáez no se
andaba con paños tibios, siempre nos llamaba de “usted”.Tenía los mismos
bigotes y la voz gruesa con que años más tarde disfruté su conversación y u
cariño.
Volví
a verlo en un taller literario que coordinaba mi amiga Flora Preval. Él confesó que había ido a conocerme, hacía
tiempo no participaba en el taller, pero quería “verle la cara” al muchachito
que lovenció en un concurso literario. Yo tenía veintidós años, había leído su
cuento y a mi entender (y la historia me dio la razón) era mucho mejor que el
mío, pero los jurados FALLAN y eso es
inapelable. Él también leyó mi cuento, era demasiado experimental, “un texto
osado”, dijo y me estrechó su mano dulce.
En
lo adelante compartimos muchos cafés y si aparecía un traguito de ron Santiago comenzaba
la debacle estética, yo con los procedimientos posmodernos y él fijo en
Cortázar, Poe, Chejov, Onelio Jorge Cardoso; juntos incineramos procesos
políticos, ideologías, filosofías y finalmente después de largas discusiones
teológicas, terminábamos coincidiendo frente a Dios.
Tuve
la oportunidad de trabajar sus cuentos y preparar “Gajes del oficio”, el único
libro que publicó. Demasiado polémico, demasiado padre de cada palabra y exquisito
con la puntuación. No por gusto tenía fama de gran profesor de Español, nunca
fue una ventaja discutir con él, pero sí una ganancia, aprendí más que lo que pude
enseñarle. Dominaba el francés como ninguno de nosotros, sin embargo, nunca lo
escuchamos jactarse de ello.
Eso
sí, recordamos muchas de sus frases, que salían sobre todo en aquellos momentos
de mal humor, cuando la cotidianidad dejaba caer sobre sus hombros una buena
dosis de frustración e impotencia. También las decía cuando pasaba alguna mujer
de pechos hermosos y allí mismo la soltaba: “esa es la verdadera dictadura del proletariado”. Es imposible
olvidar aquella tarde en que nosburlábamos, porque traía la carpeta de profesor
universitario en una mano y una jaba cargada de plátanos en la otra. “Qué miran,- nos dijo- andar sin una jaba es como andar sin
dignidad”.
Por
eso quería regalarles a los lectores de Cimarronzuelo, aunque sea un par de
cuentos del escritor y el amigo Marino Fáez, que por estos días se extraña
mucho, y hace justamente tres años, debe estar en el cielo, riendo de lo lindojunto
a Dios, cada vez que nos ve salir del mercado con una Jabade viandas.
INCERTIDUMBRE
A mi hermano Guillermo
porque me lo sugirió sin darse cuenta.
“Toda
la dicha del hombre y también todo su
infortunio, están en algunos torbellinos que
se
esparcen en el viento”
( El Noventa y tres )
Víctor Hugo
Dicen que un hombre salió de un bar, tan bien vestido
como siempre y tan bebido como algunas
veces.
A pocas cuadras lo alcanzó un auto negro, y lo invitaron
o lo hicieron montar, no se sabe, hasta la misma esquina de su casa.
Parquearon justamente donde terminaba la iluminación de
un poste callejero. Allí se bajó, o lo bajaron, quién sabe. Parece que le
advirtieron algo y él se fue, resignado o decidido, yo no sé.
Llegó a su casa y en la pequeña salita improvisó una
dramática reunión. Su mujer, desde la oscuridad del pasillo, no le hizo caso,
“Ya está borracho”, quizás pensó.
El hombre y sus muchachos fueron hasta la tienda de la
esquina, frente adonde estaba el auto y
allí les aplacó los antojos infantiles que pudo.
Regresaron a casa y dicen que el hombre se despidió,
también dramáticamente. Pero la mujer siguió sin hacerle caso.
Esa misma noche, alrededor de las dos de la madrugada, le
dieron cinco balazos.
Todavía hoy, cuarenta y tres años después, hay quien dice
que ajusticiamiento y quien dice que asesinato. Eso depende.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.