Espacio de diálogo, palabra grande y compartida que se abre a los ciudadanos del mundo, en la búsqueda de amor y fe a través del acercamiento a la literatura y la vida social y cultural de los cubanos que vivimos isla adentro. Zona de resistencia para intercambiar desde el tamiz de lo personal, aspectos de la vida y la experiencia de aquellos que a veces no tienen voz, ni rostro en los medios, pero sí una participación importante en la construcción de lo cubano en el día a día.

martes, 20 de diciembre de 2016

Andar sin una jaba es como andar sin dignidad



Por Eduard Encina.   
Yo tenía once años cuando lo conocí, era el subdirector docente en la Secundaria Básica Willy Varcárcel donde estudié. Todos los muchachos le temían, Marino Fáez no se andaba con paños tibios, siempre nos llamaba de “usted”.Tenía los mismos bigotes y la voz gruesa con que años más tarde disfruté su conversación y u cariño.
Volví a verlo en un taller literario que coordinaba mi amiga Flora Preval.  Él confesó que había ido a conocerme, hacía tiempo no participaba en el taller, pero quería “verle la cara” al muchachito que lovenció en un concurso literario. Yo tenía veintidós años, había leído su cuento y a mi entender (y la historia me dio la razón) era mucho mejor que el mío, pero los jurados FALLAN  y eso es inapelable. Él también leyó mi cuento, era demasiado experimental, “un texto osado”, dijo y me estrechó su mano dulce.
En lo adelante compartimos muchos cafés y si aparecía un traguito de ron Santiago comenzaba la debacle estética, yo con los procedimientos posmodernos y él fijo en Cortázar, Poe, Chejov, Onelio Jorge Cardoso; juntos incineramos procesos políticos, ideologías, filosofías y finalmente después de largas discusiones teológicas, terminábamos coincidiendo frente a Dios.
Tuve la oportunidad de trabajar sus cuentos y preparar “Gajes del oficio”, el único libro que publicó. Demasiado polémico, demasiado padre de cada palabra y exquisito con la puntuación. No por gusto tenía fama de gran profesor de Español, nunca fue una ventaja discutir con él, pero sí una ganancia, aprendí más que lo que pude enseñarle. Dominaba el francés como ninguno de nosotros, sin embargo, nunca lo escuchamos jactarse de ello.
Eso sí, recordamos muchas de sus frases, que salían sobre todo en aquellos momentos de mal humor, cuando la cotidianidad dejaba caer sobre sus hombros una buena dosis de frustración e impotencia. También las decía cuando pasaba alguna mujer de pechos hermosos y allí mismo la soltaba: “esa es la verdadera dictadura del proletariado”. Es imposible olvidar aquella tarde en que nosburlábamos, porque traía la carpeta de profesor universitario en una mano y una jaba cargada de plátanos en la otra. “Qué miran,- nos dijo- andar sin una jaba es como andar sin dignidad”.
Por eso quería regalarles a los lectores de Cimarronzuelo, aunque sea un par de cuentos del escritor y el amigo Marino Fáez, que por estos días se extraña mucho, y hace justamente tres años, debe estar en el cielo, riendo de lo lindojunto a Dios, cada vez que nos ve salir del mercado con una Jabade viandas.

INCERTIDUMBRE

A mi hermano Guillermo

                                                                              porque me lo sugirió sin darse cuenta.

 “Toda la dicha del hombre y también todo su                                                                                    
     infortunio, están en algunos torbellinos que
    se esparcen en el viento”
( El Noventa y tres )
Víctor Hugo     

Era de noche y febrero en, Santiago de Cuba.
Dicen que un hombre salió de un bar, tan bien vestido como siempre y tan  bebido como algunas veces.
A pocas cuadras lo alcanzó un auto negro, y lo invitaron o lo hicieron montar, no se sabe, hasta la misma esquina de su casa.
Parquearon justamente donde terminaba la iluminación de un poste callejero. Allí se bajó, o lo bajaron, quién sabe. Parece que le advirtieron algo y él se fue, resignado o decidido, yo no sé.
Llegó a su casa y en la pequeña salita improvisó una dramática reunión. Su mujer, desde la oscuridad del pasillo, no le hizo caso, “Ya está borracho”, quizás pensó.
El hombre y sus muchachos fueron hasta la tienda de la esquina, frente   adonde estaba el auto y allí les aplacó los antojos infantiles que pudo.
Regresaron a casa y dicen que el hombre se despidió, también dramáticamente. Pero la mujer siguió sin hacerle caso.
Esa misma noche, alrededor de las dos de la madrugada, le dieron cinco balazos.
Todavía hoy, cuarenta y tres años después, hay quien dice que ajusticiamiento y quien dice que asesinato. Eso depende.

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