Por Eduard Encina.
A menudo mis amigos me preguntan cómo me alcanza el tiempo para hacer tantas cosas, y casi siempre les contesto: ¿Y tú, si tienes el mismo tiempo, por qué no las haces?.
A menudo mis amigos me preguntan cómo me alcanza el tiempo para hacer tantas cosas, y casi siempre les contesto: ¿Y tú, si tienes el mismo tiempo, por qué no las haces?.
Francisca y la Muerte, aquel cuento de Onelio Jorge Cardoso lo explica bien, hay que trabajar y mantenerse haciendo algo útil. Me preocupan tantos jóvenes en las esquinas de mi país discutiendo de futbol o pelota en el horario en que deberían estar produciendo o por lo menos buscando cómo llevar honradamente un plato de comida a la mesa. Parecen zombis, “no-personas” que viven de espaldas a su responsabilidad social.
No sé en cuántas naciones sucede lo mismo. Vivimos en uno de los primeros países en escribir un libro sobre el tema, pero José Antonio Saco, ese ilustre bayamés que sí trabajó, no podía imaginar que dos siglos después su estudio podía ser novedoso, hasta estar de moda en cualquier certamen de pensamiento social.
Todavía persisten los juegos, la prostitución, la corrupción a los que se le suman salarios simbólicos que no estimulan las fuerzas productivas, la persistencia de la doble moneda y sobre todo la sedimentación en la población cubana de prácticas y estándares que pertenecen aun nivel de vida desfasado con la realidad.
Es justo que los cubanos compartamos el pan, la angustia de sabernos en una resistencia por salvar el país de un bloqueo económico (que algunos fuera del país se empeñan en negar) y un bloqueo burocrático y anárquico (que algunos dentro del país se empeñan en negar). Lo que sí no es justo es que todo siga igual, la vagancia y la pasividad del estado. Algo tiene que suceder y ojalá sea en bien de los que trabajamos.

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