![]() |
| Lectura durante el 27 Festival de poesía de Medellín, que este año lleva como frase reprentativa "Construyendo el país soñado" |
Por
Eduard Encina (CUBA)
¿Quién
es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los
pueblos?...
La
razón no triunfa sin la poesía.
José
Martí
No
es la improvisación constante la que mueve los hilos de una
sociedad. Una mirada simple pudiera develar los dominios
que condicionan las aspiraciones y la movilidad de la gente, y cuando
digo movilidad,
refiero interacción entre grupos y sectores, necesidades e
intereses, pero también agitación hacia el interior de nosotros
mismos, la posibilidad de generar las ideas que nos empujan a fundar
la vida y arriesgarla por una causa. Siempre habrá un ejercicio de
poder intentando legitimar la justeza de su modelo de dominación y
para ello no escatimará en utilizar las más inusitadas tácticas,
pues la sociedad ha de tener la falsa percepción de que se mueve por
sí misma, la buena política parece ser construida por todos: el
mejor poder es invisible.
El
uso de la palabra
conecta y atiza una extraña relación de poder entre política &
literatura. La primera se afana en articular resortes ideológicos,
siempre desde un discurso parcializador y homogenizante y la segunda
desde la conformación de una sensibilidad cuestionadora y de
resistencia. En este sentido, la porfía no se concentra en si leemos
más o leemos menos, “si se consume más o se consume menos”,
sino en el orden cualitativo “qué se lee y qué se consume”, he
ahí el por qué los que ostentan el poder siempre pretenden
controlar y dominar las cuestiones más “actuales” en el ámbito
de la expresión literaria.
Colombia
no ha estado ajena a estos procesos. Acudir al “olvido” es una
práctica permanente del poder para suprimir la memoria de los
pueblos y plantar campos de silencio que poco a poco se convierten en
impotencia, desidia y falta de compromiso con la historia. Tal vez
era Bukowski quien aconsejaba "vigilar el ruido del corazón”,
más ello necesita esa sensibilidad bien entrenada para, en medio de
la violencia, comprender los paisajes y matices de la realidad. Ante
ese peligro no están solamente los supuestos “consumidores”
distraídos, alejados de los libros y las maniobras encubiertas,
también encuentra sitio la desmemoria en muchos intelectuales, que
prefieren flotar y adaptarse cómodamente a los contextos en que
viven, antes que forcejear, disentir y convertirse en resistencia.
Si
bien es cierto que la escritura es un acto solitario, en el que opera
un supuesto “aislamiento” de lo otro, en realidad lo que sucede
es, que el poeta ha cargado su cruz y se “aparta” para alcanzar
por medio de la poesía
la resurrección, la
sensibilidad futura, aquella que como la belleza en Carlyle se
presiente antes de tener de ella cabal conocimiento. Está en la
escritura la ruina definitiva del tiempo, anulado o reinventado por
la posibilidad. Un lector puede re-descubrir y re-crear su lugar en
la historia en tanto acceda a esa capacidad de transitar de la mera
contemplación y disfrute, a la producción de conocimiento y luego
en la
construcción de una conciencia colectiva.
Escribir
es un acto de poder, tal vez por ello muchos intentan anular los
nervios individuales
y así controlar mejor la
sociedad zombi que camina hacia el desfiladero, sin un estruendo, sin
un lenguaje que la despierte y asuma una actitud desacralizante,
capaz de enunciar y trascender la realidad, demoliendo normativas y
valores impuestos por determinado grupo hegemónico.
La
experiencia con la poesía no es necesariamente racional, desde ella
se operan cambios, estímulos que nos enriquecen y hacen mejores, aún
volviéndose a veces inteligibles, sentimos que algo en nosotros ha
cambiado, y es más importante sentirlo que explicarlo. El disfrute
de un buen poema no posibilita que una realidad determinada se
transforme, pero una buena lectura (Harold Bloom de por medio) ayuda
a prepararnos para el cambio. ¿Es posible un estado de paz, sin
haber creado antes un “estado de sensibilidad”? En eso la poesía
actúa, regenera, cataliza, es capaz de juntar un espíritu, una
especie de lenguaje babélico donde confluya la diferencia y el
entendimiento.
En medio de un conflicto armado como el que ha tenido
Colombia, todavía arden escollos que no pueden superarse sin antes
reconocer que una conciliación política va más allá del cese de
la pólvora y la sangre, tiene que ser desde el fondo la asunción de
un nuevo pensamiento, que como la poesía, se mueva en lo invisible,
pero termine convirtiéndose en una actitud ante la realidad.
Vivir
hoy en una sociedad que constantemente reproduce las más disímiles
formas de hegemonía simbólica, exige convertirse en un adiestrado
lector de tales productos, para no terminar convertidos en adictos
consumidores de cultura chatarra y modelos de vida ajenos al contexto
y las urgencias del día a día. De pronto la poesía podría
parecer el dinosaurio de Monterroso o el cisne salvaje de Luís
Rogelio Nogueras, una visión ridícula, absurda, y no la aspiración
de salvar un sueño, pues de nada sirve la gran poesía, si se
quedase en los límites de lo estético y no se proyectara a
fundar ciudadanos actuantes, responsables en su interacción social,
seres críticos donde se producen profundas transformaciones hacia la
comprensión de sí mismos y del mundo.
Mantener
energizada la creación poética es una de las formas más eficientes
para contrarrestar cualquier gesto totalizador. Todo pueblo necesita
voces que concentren sus aspiraciones y se vuelvan reacción ante la
apariencia de normalidad en que a veces intentan sumirlo. Hay en la
literatura un sacudimiento, fuerzas telúricas que actúan sobre la
conciencia de los hombres y despiertan conductas, nociones de verdad,
paz y diversidad.
En medio del conflicto civil colombiano, fue
necesario percibir el uso desafortunado de la violencia como única
alternativa para “dialogar” entre las partes afectadas. Hoy, la
poesía ha de confrontar esa violencia clarificando el corazón de
los hombres, al añadirle a través de la palabra, fe y
entendimiento.
No
en vano un poeta como Juan Manuel Roca, en su poema BIBLIA PAUPERUM,
se acerca a zonas angustiosas de su país, no como queja, más bien
vuelto conciencia de los derrumbes espirituales que lo rodean y de la
necesidad de encontrar nuevos lenguajes, capaces de vencer las raíces
de amargura y asumir un nuevo tiempo imaginado, pero no imposible:
Crecen
como flores venenosas las esquirlas
Del
rencor en un país de lunas erizadas
Y
soles que entibian los huesos de los muertos.
En
ciudades asediadas por sí mismas
Entro
a la estación de los amigos,
A
la música y al coro, al mismo tiempo.
Los
amigos, una cuota de cielo,
Flores
que no son de temporada.
En
la patria del rencor
Es
como tener el oro del silencio.
Así
como fue creado el mundo por la palabra, también la palabra puede
consolidar la paz, no destruyendo el horror del pasado, sino
impulsando la memoria futura, como sugería la Reina Blanca de
“Alicia en el país de las maravillas”, “es muy pobre la
memoria que sólo funciona hacia atrás”, hay que cambiar de
actitud como ejercicio probatorio de que la historia no actúa, sin
ser precedida por un espíritu sinérgico que prepara la mística y
el impulso.
Esa es la zona que se ha de alimentar, intentando los
nuevos nacimientos de la mente, asumiendo la poesía (poiesis) como
un poder invisible que nos empuja (más o menos conscientes) hacia el
ejercicio del perdón y la reconciliación. Únicamente así pudiera
hacerse realidad aquella idea martiana tamizada por la lucidez de la
escritora Fina García Marruz revelándonos que “la poesía
quizás sea la moral venidera”.
