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| Qué rareza, niños y adultos en los bancos del parque (h)ojendo ÑÁMPITI, tratando de encontrase y descubrir si en realidad entre aquellas páginas les tocó algún personaje. |
Por Eduard Encina
Aunque uno escriba historias que hablan de otros, en el fondo sabe que está escribiendo sobre sí mismo. Nunca adiviné las sorpresas que me traería escribir para niños, al menos eso pensaba, que escribía para niños, pero en realidad me asaltan en la calle gente de todo tipo y de todas las edades “¿Cuándo presentan el librito?”, y me parece medio presumido eso de ser el escritor de mi pueblo, y acostumbrarme a que la gente me mire con la sospecha de que en cualquier momento pudieran convertirse en uno de mis personajes.
Recientemente presenté en Baire mi noveleta ÑÁMPITI, como es costumbre lo hice en el parque donde ya son cotidianos los eventos culturales y asiste una buena cantidad de público. Sin embargo, temiendo no ser profeta en mi tierra, tuve la sospecha y también la precaución de promover a través de medios alternativos el suceso. No sé quien se encargó de “correr la voz”, de supuestas historias sobre el pueblo que serían develadas; lo cierto es que funcionó a las mil maravillas y muchos se quedaron sin poder adquirirlo.
Así es la literatura, o mejor dicho, así son los lectores. Uno cree que los escoge, y les escribe, pero las cosas suceden al revés, ellos nos eligen, y nos leen. Qué rareza, niños y adultos en los bancos del parque (h)ojendo ÑÁMPITI, tratando de encontrase y descubrir si en realidad entre aquellas páginas les tocó algún personaje.

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