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| Su sencillez hay que sembrarla en cada joven. |
Por Eduard Encina
Supe tarde lo de su muerte, y eso duele más. La conocí antes de oírla cantar. Estábamos en casa de Wicho (Luís Carlos Aguilar, integrante del trío “Romance”) en medio de una descarga de esas donde Dios sabe por qué nos junta y Zulema Iglesias, “la negra de todos”, terminaba de interpretarnos “Fantástico”. Luego del aplauso vino mi halago: ¡tú eres la mejor cantante de Santiago!, le dije, pero Zulema apenas me dejó terminar: No niño, no. Se ve que no has escuchado a Eva Griñán.
Lo juro, pensé que era modestia de “la negra”, pero su hermano detuvo la guitarra para apoyarla en un gesto de ponderación ¿Quién era esa cantante tan buena, que, además, se llamaba Eva? Tardé en conocerla. Mi circunstancia de bairero que vive a 79 Km de la Sala Dolores se impuso, pero un buen día, su voz iluminó el Café Cantante del Teatro Heredia y enseguida la ovación; impresionado pregunté y supe que era ella. Los boleros que le escuché cantar con sensualidad y picardía, serían irrepetibles. Entonces no tenía esta calvicie, ni me imaginaba que volvería a verla una y otra vez un acto cultural o en el Orfeón, ni que le regalaría mis libros y a veces hasta mis piropos para verla sonreír y decirme con cariño “guajiiiiro….”.
Tenía razón Zulema. Lo dijo natural; como si Eva formara parte del cielo desde el principio. Ahora la Ciudad tendrá que acostumbrarse al recuerdo, pero no al silencio. Su sencillez hay que sembrarla en cada joven, en cada coro, para que ella, la que nunca se fue de Santiago, perdure, y sobre todo en estos días, donde la cosa no anda nada lírica y se necesitan respiraderos vitales, voces de ángeles como ella, que nos devuelvan la fe y la belleza.

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