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miércoles, 16 de noviembre de 2016

LIETRATURA PARA NIÑOS: un tema para adultos

Por Eduard Encina. 

Finalizando el 2015, el mundo entero celebró el doscientos diez aniversario del nacimiento ese genio de la literatura infantil llamado Hans Cristian Andersen, autor de obras como La reina de las nieves, El soldadito de plomo, La Sirenita, entre muchos otros. En cierto artículo sobre su obra el notable teórico Harold Bloom aprovecha para reflexionar sobre el por qué y el para qué se escribe en este campo literario: 

 Yo no veo diferencia alguna entre la literatura para niños y la buena o magnífica escritura para niños extremadamente inteligentes de todas las edades. J.K. Rowling y Stepenth King escriben igual de mal; son titanes apropiados para nuestra Nueva Edad Oscura de las pantallas, computadoras, cines, televisión. Una y otra vez uno exhorta a los niños de todas las edades para que lean y relean a Andersen, a Dickens o a Lewis Carroll, en vez de Rowling o King.

Se hace visceral Harold Bloom al presentarnos no solo una polémica generacional entre los clásicos de ayer y los autores más populares de la actualidad, sino que se acerca al trasunto ético-estético que sustentan sus obras. Los primeros escribían para un lector que debería aprender a pensar y a actuar desde la experiencia de lectura. Sin embargo estos escritores que he preferido llamar “más populares” construyen, o destruyen un lector que solo se divierte y se alucina con un mundo virtual, frío, donde la magia logra salvar y conservar una tradición y unos ancestros que nunca existieron, los niños protegen el planeta contra invasores de otras galaxias, en fin, todo forma parte de un aparato de mercado que trata de negociarle una realidad sangrienta, hambrienta, contaminante y enferma, por otra estupidizante, desprovista de pensamiento y de todo contacto con la cotidianidad, como único modo de afirmación de su poder.

Tampoco se trata de que neguemos el desarrollo y las nuevas posibilidades de “lectura” que tiene el niño contemporáneo desde el mouse, los video juegos, la tablet o los audiovisuales, ni de negar la violencia y la agresividad con que la realidad se nos presenta, sino encontrar los lenguajes adecuados para abordarla, de tal forma que ese lector encuentre resortes éticos y de crecimiento espiritual para entenderla y hacerla potable, a través de un universo simbólico que les permita herramientas para transformarla de una manera crítica, sin pasividad y conformismos.

¿Acaso no debemos enseñarles a nuestros niños que solo si se tiene conciencia de una realidad podemos transgredirla? ¿Acaso solo debemos enseñarlos a obedecer, a acatar, a meterse en el caracol, a creer que su mar es mentira? ¿Qué tipo de lector queremos formar?. Dilucidar  algunas de estas cuestiones nos acercaría a proponer modelos más eficaces para llegar al hombre nuevo, capaz de indagar constantemente su actitud ante la vida, establecer un diálogo cuestionador consigo mismo, es decir, entender aquello que Martí llamó “la utilidad de la virtud”.

Hace muy poco una amiga me preguntaba: ¿Qué temáticas han de abordarse para los niños hoy?, y yo respondí que sería mejor preguntarse ¿Cómo abordamos esos contenidos? Es cierto que la literatura para niños y jóvenes, ha sido la más renovadora en los últimos años, tanto en el campo temático como en el escritural, venciendo tabúes y prejuicios del pasado, que venían arrojando libros con historias repetitivas y copias descontextualizadas de los modelos clásicos, pero en no pocas ocasiones vemos con angustia algunos textos que hoy rozan la exageración, la morbosidad, y la falta de imaginación, intuición y nivel de sugerencia imprescindibles para un lector que necesita consolidar una sensibilidad que lo ayude a entender y enfrentar un mundo tan diverso y cambiante.  En eso la crítica ha de jugar su papel jerarquizador, esclareciendo lo valioso y proteico, ante lo fútil y vacío. Se hacen necesarios acercamientos que propongan horizontes, que problematicen el acto creativo y también por qué no, el acto de la lectura.
Ya sabemos que esta literatura debe ser atractiva, no solo desde la  experiencia literaria, sino desde el impacto visual. Un libro bello, con un diseño seductor es un magnifico comienzo para enamorar a los pequeños, pero tenemos aún mucha irresponsabilidad en el asunto, y a menudo encontramos verdaderos esperpentos que envejecen en los estantes de las librerías, a veces con magníficos textos destinados a no ser leídos. Y si hablamos de lectura ¿Cuántos padres leen hoy? Es imposible estimular hábitos en otros que no hemos sido capaces de lograr nosotros mismos. A veces ni siquiera nos sentamos a “traducirles” a nuestros hijos los contenidos que les llegan desde las nuevas tecnologías, muchas veces violentos o lesivos para su edad. La belleza se cultiva, y en poco tiempo comienza a dar sus frutos. Es papel de la escuela conocer el potencial literario que tienen en su comunidad o cerca de ella, y propiciar acciones concretas dirigidas a la orientación vocacional de los niños y al fomento del hábito de lectura ¿Leen asiduamente los maestros? Todavía no entiendo cómo, si en nuestro país se vive una poderosa revolución educacional, el movimiento literario no es utilizado a fondo en este proceso de diseño y rediseño de los programas curriculares, que en su mayoría se tornan aburridos, porque no se hace un estudio profundo del consumo literario de los niños y desde allí trazar estrategias efectivas de promoción de la lectura.

Por lo visto este tópico no repercute sólo desde los que producen textos literarios, sino también desde la intensión institucional para que el niño piense, pero no desde el aprendizaje reproductivo y estéril, sino desde la experiencia, desde la participación e interpretación de su realidad. ¿Enseñamos la lectura como placer, o se lee para aprobar? Mientras ustedes reflexionan un poco sobre estas ideas, me gustaría dejarlos con la inquietud del principio; entonces, ¿la literatura para niños, es un tema para adultos?

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