Parece que en Baire, el pueblo donde nací y donde vivo, la historia
ya no sucede, o por lo menos, la que sucede padece de silencio, de mucho
silencio. En pleno verano las calles desiertas, un parque hermoso y
triste, un atardecer por estos días lluvioso.
Aprovecho y
me siento a leer debajo de los álamos. Yo soy un espécimen raro que se
pregunta ¿dónde está la gente de este pueblo? Solo en los portales asoma
una que otra ama de casa, sacudiendo el polvo que deja el olvido y el
desencanto. Entonces aparece un rostro que a pesar de estar visiblemente
alterado, no deja de parecer conocido. Es X, uno de mis compañeros de
clase en la primaria.
“Escritor - me dice-, aquí estoy,
borracho para mantenerme en pie”. No pasaron cinco minutos de
conversación y supe que estuvo estudiando en Alemania “pero la vida es
así, – me aseguró- mírame, la puta vida es así”, también me contó que no
quiere tener hijos, ni casa, que la vida había que vivirla ahora que
estamos vivos. Un rato después apenas podía articular palabras, por lo
que decidí llevarlo al barrio donde supuse que aún residía.
Era
bastante cerca, solo bajar tres cuadras. Le decían El barrio de los
mojones, por la insalubridad de una zanja albañal que lo atraviesa, con
la que aún, a estas alturas, los vecinos deben convivir. Sin embargo,
desde lo años noventa lo han bautizado con otro nombre: “El barrio de
los chinos”. Pero no le llaman así porque entre sus habitantes exista
alguien con ascendencia asiática, sino por la cantidad de personas
alcohólicas (y por su puesto con el rostro hinchado) que allí se reúnen
para beber hasta bien entrada la noche.
Pero vaya sorpresa
cuando X decidió sentarse en la acera, frente a la casa de sus padres y
se dispuso a terminar su trago junto a otros amigos que como él sudaban
al mediodía la borrachera. Lejos de agradecerme dijo: “suéltame y ve a
escribir tu porquería”. Una vecina que lo escuchó me conminó en tono
despectivo a que lo dejara ahí, pero él ni siquiera levantó la cabeza.
Lo dejé por perdido y eché a andar con esa angustia al hombro durante
todo el día.
Volví a mi parque de Baire, donde casi
siempre bate una brisa suave, que invita a continuar la lectura, sin
embargo “borracho para mantenerme en pie” pesaba como un verso o un
castigo, en realidad sentí miedo de que otro compañero de la infancia
apareciera dispuesto a llevar la botella hasta el fondo, para contarme
que estuvo en Tailandia, o Angola.
Y es que isla adentro
también hay cubanos, y lo que es peor, personas que necesitan diálogo y
espacio para “invertir” el tiempo. Privados de instituciones culturales y
de posibilidades para desarrollar proyectos locales que eleven su
calidad de vida, en medio de las penurias económicas, son muchos los que
hoy se lanzan a beber en forma desmedida, y en no pocas ocasiones,
demasiado jóvenes, muchachas casi adolescentes con una botella y un
cigarro, lo que se ha convertido no en una práctica libertaria de la
sexualidad, sino en símbolo de frustración y desasosiego.
Pero
no es el acto de beber lo más preocupante, sino los códigos que la
misma sociedad “barrio chino” maneja para sustentar aquel choteo al que
Mañach se refería, y que hoy me hace pensar en la necesidad de que
surjan a nivel local soluciones alternativas, que no necesariamente
tengan que partir de organizaciones o instituciones anquilosadas en
esquemas rígidos y verticales, sino de las necesidades propias de la
gente. En este barrio, dos alumnos míos, trabajadores sociales y
estudiantes de la carrera de Estudios Socioculturales, crearon las bases
de un proyecto de reanimación cultural muy interesante, pero quedaron
“disponibles” en el reajuste laboral y hoy nadie le dio continuidad al
trabajo que realizaron.
En “El barrio de los chinos”
también viven escritores del grupo Café Bonaparte que yo coordino. En
sus obras se hace inevitable la aparición de personajes y situaciones
que tienen su origen en la dura cotidianidad de su entorno social.
He aquí dos textos, uno narrativo, y otro poético, que tal vez ilustren una arista de la marginalidad que compartimos.
Cloaca
Cada año aparecen en mi barrio borrachitos jóvenes
vienen a relevar a los de más experiencia. Son
resistentes al sol, al polvo, recostándose en el aroma
de los perros pulgosos. Lo han perdido todo
hasta el money que no le alcanza para lavarse los pies,
sus pobrecitos pies que se pierden.
Aparecen por temporadas
ciertos borrachos que con lo poco que hacen, se sumergen
en ese espejismo
ahogándose por el vómito grasiento y tuberculoso
que le brota sin remedio.
En mi barrio existe un campo de borrachos
que nadie riega
pero se reproduce.
Onel Pérez Izaguirre
Poeta. Cursa 5to año de Psicología General
AVATARES
Lo
ve todo empañado a su alrededor. En un intento por incorporarse,
resbala y cae de espaldas. El vómito le quema la boca, se cree morir, la
vista se le nubla otra vez, espantosamente.
Para él la
infidelidad era asunto de oportunistas, pero toda esa filosofía se fue a
bolina cuando apareció la tentación rubia y de seis pies: lo mejor del
barrio. Está a punto de estallar, apenas le quedan fuerzas para una mala
palabra, el estómago le hierve y le angustia que sus instintos
diagnostiquen que está enfermo. Escupe. Los muebles le dan vueltas
alrededor de la cabeza, cerca del catre la botella se le agiganta, el
vaho del alcohol se mezcla con el viento que abre y cierra la ventana.
El
repentino aguacero limpia la ciudad. A RM le molesta hasta el mínimo
tintineo de la lluvia sobre el techo de cinc. Pálido y ojeroso, ni se
inmuta cuando ella entra tirando la puerta. ¨ Te vas a morir ¨, le dice y
sacude el paraguas con serenidad. Frunce el seño y se tapa la nariz. A
pesar de todo lo ama, y se arrodilla, ¨ ¡hasta cuándo!¨, lo zarandea, ¨
Mira como estás, hinchado y apestoso ¨. Lo suelta con desprecio y se
levanta. ¨ ¡Cógela con el que te hizo el daño!¨, gruñe RM y deja salir
un largo eructo. Trigueñita le da la espalda y va hasta la ventana, la
cierra. ¨ No te respetas, le dice, y se despoja de los zapatos, las
gangarrias, el vestido. RM apenas puede darse cuenta de cómo el blumer
le contornea las caderas.
- Ni me llamaste -replica su esposa-. Yo viajando para resolver los problemas y tú de borracho.
-
Cállate, Trigueñita, - se le escapa, temblorosa la voz a RM - mañana te
explico y se da un trago casi hasta el fondo, como si se tragara a la
rubia.
Ella enciende la otra bombilla y descubre un enjambre de
goteras que amenizan el escenario. Desde el suelo, RM le guiña,
fingiendo la ternura que ahora no tiene, pues un nuevo eructo lo hace
arquear y perder la compostura. ¨ ¡Si viniste a joder te vas!¨, grita y
acompaña su lengua tropelosa con una ráfaga de peos que espantan a
Trigueñita de su lado. Sentada en el catre se pone un short y un pulóver
de RM, a quien le brillan los ojos cuando reconoce que es mejor
recordar los senos puntiagudos de la rubia que ver desnuda a Trigueñita.
De todas formas le perdonó el haberse puesto sus chancletas, solo por
contemplarla modelando frente a él.
Trigueñita intenta ponerlo en pie, solo logra sentarlo en el catre. RM aprovecha y le aprieta un seno, la besa.
- Aparta tu aliento apestoso ¿todavía tomas esa mierda?
- Qué ocurre contigo, deberías estar acostumbrada, le dice RM tratando de sostener la mirada.
Ella
lo observa, percibe que su esposo ha entrado en la fase del desvarío, y
en breve mostrará su capacidad de iniciar una hipoglicemia. La belleza
de Trigueñita es opacada por el hilo de vómito que va refinándose en la
boca de RM. Curada de espanto, repasa en su memoria la imagen perdida de
un marido cariñoso y atento. Se muerde los labios con la idea de
mandarlo bien lejos cuando refresque la embriaguez, suspira de
impotencia, ya sin la menor duda de que ahora si lo está perdiendo.
RM
envuelto en su baba, presiente la muerte, son demasiado los rumores que
han llegado hasta su casa, ¨ ¡Esa perra!¨, dice. Ni siquiera ha
consultado al médico y es lo que le angustia, quisiera contárselo a
Trigueñita, pero el nombre de la rubia se le tuerce en la garganta. No
puede. Mira a Trigueñita con el rabo del ojo y la ve en pie como una
esfinge que lo observa amenazante. Se da otro trago, no puede ser, se
queja, y ni las lágrimas le salen. La cabeza no le da para más y vuelve a
estallar en vómito, intenta levantarse pero las piernas no le dan.
- ¡Cojones! ¿No vas a ayudarme?
Siente
un tirón por las piernas que lo arrastra hasta el baño y mientras le
abren la pila, el techo aumenta su velocidad y escucha un tropel de
insultos que rechinan en sus oídos. Reconoce a Trigueñita, le sonríe, el
agua cae de punta como rieles en su espalda. Entreabre un ojo, lo ve
todo nublado, una fuerza mayor lo arrastra de nuevo y lo lanza en el
catre.
- Ahora vengo, dice Trigueñita.
- Vete, rubia sarnosa, vete.
- ¡Rubia y sarnosa será tu madre! ¿Acaso es cierto que te revolcaste con la puta esa?
El
silencio de RM se torna insoportable, no sostiene la cabeza, balbucea,
levanta una mano y le deja extendido el dedo mayor. Pero no puede
esquivar los taconazos, las palabrotas de su mujer que le cae encima
mientras él vuelve a gritarle rubia, enferma de porquería, demonio,
hasta que empieza a salirle espuma por la boca, a temblar. Trigueñita se
asusta, se aparta. Estoy harta de ti, desgraciado. Intenta agacharse
para coger la botella, pero aparece la mano de RM y se la arrebata y la
parte contra el piso. ¨ ¡Estás muerta!, te dije que te fueras, que no
quiero más rubias en mi vida ¨. Cree tener fuerzas, intenta levantarse y
da otro cabezazo contra el vómito y los fragmentos de vidrio se le
incrustan en la cara. ¨
¡Perra!¨, insulta, se lanza sobre las
piernas de Trigueñita y aunque ella forcejea, cae al piso, le clava las
uñas, la rabia, cualquier cosa, ¨ te voy a matar maldito, asqueroso. No
puede más. Trigueñita tiene el pico de botella en la mano que le sangra y
no sabe si la sangre es de ella o de él, que intenta mantener abiertos
los ojos pero pierde fuerzas y apenas logra ver a esa rubia que se
levanta, llorando, y se va con el vestido en la mano en dirección a la
puerta, mientras en el techo de cinc la lluvia parece que va a derrumbar
la casa.
Enrique Matos Aguilera
Narrador y poeta. Es profesor de Secundaria Básica.

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