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| El mal gusto en algunos barrios agreden la vista del paseante. |
Por Eduard Encina
Camino mi país y siento claustrofobia. A un lado y al otro todo se repite: las mismas ropas, peinados, gestos y lo que es peor, a veces, las mismas casas. Lo repetitivo nos agrede. Ahora la modalidad es enrejarlo todo, hasta las palabras.
El viejo oficio de la herrería vuelve a nuestra arquitectura con urgentes deseos de borrarla. No se incorpora como elemento decorativo en verjas o guardavecinos, ni para rematar los límites de cercas, esquivando la pesadez de los muros de concreto, sino creando la sensación de que vivimos en una casa cárcel.
Algunos creen que la gente enreja sus hogares por temor a la creciente inseguridad, “los ladrones están dando la hora”, otros dicen que es para aumentar el precio de las casas, “media Cuba se está vendiendo y todo el mundo quiere viajar”. Un antropólogo me dijo el otro día que un poetín como yo, no podía percibir que estaba ante una expresión de poder económico: “quién pone rejas, tiene dinero”.
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Han vuelto horrorosos algunos edificios de la calle Trocha en Santiago |
Poner rejas a diestra y siniestra. Es sintomático “la maldita circunstancia de las rejas por todas partes”. El patrimonio se destruye y a nadie le interesa, los barrios se vuelven grandes masas de hierro que limitan poco a poco cualquier posibilidad de diálogo entre los que están dentro y los que están fuera. Auto encerrarse es también una lectura del individuo que pierde la fe en la circunstancia colectiva.
Camino mi país y siento claustrofobia. Abro una puerta y aparece una reja.


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