Por Eduard Encina.
Hace poco le comentaba a un amigo escritor lo estimulado que me sentía escribiendo una noveleta para niños y jóvenes. Él, con la franqueza que lo caracteriza me dijo: “no pierdas tiempo escribiendo esas boberías y ponte a hacer literatura de verdad”. Ahora no podría definir si fue risa o rabia lo que me causaron sus palabras, pero sí aseguro que me despertó ciertas reflexiones sobre el tema que en algún momento compartiré con los lectores.
Todavía hay quien no comprende que escribir para este público les exige a los autores estar enfocados en qué tipos de niños y jóvenes enfrenta, y cuáles contextos están influyendo en la experiencia de los mismos que pueden o no favorecer su diálogo con la literatura. Definitivamente ya no es el libro la única opción a la que puede accederse en la actualidad para conocer conflictos que ya han sido abordados en la literatura, pues aparecen ante los ojos deslumbrados de los niños además del libro impreso de Harry Poter, la inmediata versión audiovisual, tanto en película como en juegos, junto a las posibilidades abiertas por otros medios que apuntan hacia un cambio de soporte o por lo menos a la convivencia de variadas opciones para realizar la lectura.
No obstante sigue siendo el libro impreso una propuesta efectiva para acercarnos a la aventura literaria. Tal es el caso de Cuentos de un sombrero donde cabe todo y nada, publicado por Ediciones Santiago, 2013. Su autora, Mirna Figueredo Silva, de quien ya conocíamos Historias del bien querer y del buen jugar y luego Muchos elefantes, entrega quince cuentos que sin dudas nos colocan ante situaciones y problemáticas de gran atractivo, tanto desde la experiencia estética como en la intensidad y motivaciones de los argumentos que maneja. En primera instancia el lector podrá percatarse de que la autora ha dividido el libro en cinco partes o secciones que no buscan precisamente una unidad temática, sino más bien psicológica, para ubicarlo ante determinados dilemas y relaciones con el lenguaje que van increcendo, desde los aspectos más cotidianos y sencillos, hasta los más increíbles y alucinantes.
Viene siendo común encontrar en libros dedicados al sector infanto-juvenil gestos desacralizadores que imprimen algo más que cierta audacia temática al rozar aspectos como el divorcio, los problemas sexuales, la vida sociopolítica, entre muchos otros, pues también favorecen y estimulan el crecimiento espiritual de los lectores, necesitados de orientación para enfrentar todas las aristas de su realidad. En este sentido es que me gustaría llamar la atención sobre Cuentos de un sombrero…, pues nos brinda la oportunidad de asistir sin demasiado alarde escritural, ni procedimientos posmodernos demodé, al descubrimiento del universo infantil desde la sencillez narrativa y una comprensión poética profunda.
En un cuento como Papilla de zanahoria, se abre ante nosotros la idea de cómo un niño se explica el mundo o participa en él ¿O quizás sería más oportuno decir, cómo se lo inventa y lo asume?
“Yo estaba de pie sobre la cama, en espera de una medalla de oro, pero solo me gané una paliza y el acostumbrado castigo de una semana.
Entonces no comprendí por qué, en lugar de un gran arcoíris, mi mamá vio “unos rayones ordinarios” y en lugar de pájaros, flores y árboles con frutas, papi vio manchas que, “arruinaron la pintura de la pared”.”
La idea de crecimiento y búsqueda de la comprensión, para que luego se exprese en tolerancia o en puente para la futura transformación de la realidad, está muy bien tratada a lo largo de todo el libro, y se convierte en ganancia pues, con solo darle una (h)ojeada a los planes de estudios escolares encontramos todavía textos aleccionadores que persisten en mostrar un mundo perfecto, donde los niños se sienten como entidades dependientes, restringidos a los límites del pupitre, alejados no solo de su mundo familiar, lo que es peor, de su realidad, identidad y cultura.
Mirna Figueredo Silva es una escritora que domina las claves para penetrar en un lector que mucha falsa literatura subestima y aburre. La utilización adecuada de la imaginería, el tema del viaje, los siempre eficaces abuelos (como elementos más cercanos del entorno filial), la fauna doméstica y la mitológica (güijes, sirenas, hadas) y ciertos personajes raros, alegóricos, que sagazmente decide caracterizarlos no por su apariencia física, sino por su trascendencia espiritual a la hora de mostrar una sensibilidad y al mismo tiempo convertirla en belleza.
Pero hay un elemento distintivo en casi todo el cuaderno que logra armonizar con el tono narrativo y la utilización de un lenguaje depurado, y es lo referido al uso del “tiempo”como conciencia desde donde se genera la observación de la cotidianidad y desde donde se crea la irrealidad.
“Las abuelas y los baúles se parecen mucho, mientras más tiempo pasa, más cosas atesoran en su interior” (El baúl de la abuela)
“Mi hermana se ha dejado crecer las uñas, ni que fueran de cristal, no hace nada para que no se le partan y conversa moviendo las manos como si estuviera bailando flamenco, para que todos se las miren” (Observando a mi hermana)
“En vacaciones, cuando vamos al campo, los días se alargan como esas temporadas de aguaceros, en que no nos dejan salir a jugar. Entonces inventamos la manera de matar el tiempo, pero el tiempo tiene más vidas que un gato.” (La apuesta)
Dentro del tiempo y hacia el tiempo los personajes evolucionan, expresan sus dudas, las solucionan o encuentran la forma de adaptarse a la situación. A una niña que por sus acciones valoran como “Marimacho” le molesta que a la hermana la consientan por ser más “delicada y femenina”, pues se pasa las horas frente al espejo ensayando “cómo guiñar el ojo y enseñar los dientes”, no le queda otra opción que resolverlo con una sentencia tajante: “A mi no me interesan esas cosas” (Observando a mi gata). A un narrador personaje niño que hace de castigador junto a sus compañeros, le acosa el remordimiento “Creo que se nos fue la mano”, dice, y enseguida intenta justificar la aptitud cobarde del castigado “Pero a veces el miedo nos hace ver un tigre rugiendo, en lugar de un gato que maúlla en el techo”(Esperando al gallina).
Con estos afanes es que se nos presenta Cuentos de un sombrero donde cabe todo y nada en el panorama literario, con una visión crítica y desprejuiciada de la infancia, pero respetuosa, transparente, grácil. Al abrir estas páginas nos estaremos asomando a un país, la autora no insiste en lo trágico y lo “novedoso”, sino que utiliza instrumentos como lo fabuloso, el amor, la fantasía, la poetización del discurso narrativo para maravillar al lector; nos asoma a un país donde hay nuevas miradas y nuevos caminos escriturales donde el niño puede identificarse con su realidad en el crecimiento espiritual y el entendimiento de sí mismo.
“No me mires con esa expresión tan recelosa. Ese país si existe, ni siquiera necesitas tomar un tren, está tan cerca como el aire que entra por tu nariz.
Lo más difícil es atravesar la puerta de los sí y los también. Hay una sola llave y tú la tienes dentro, la llave es el amor”.
Ojalá y los futuros lectores también encuentren esa llave y ese país después de acercarse a un libro necesario y profundo.
Espacio de diálogo, palabra grande y compartida que se abre a los ciudadanos del mundo, en la búsqueda de amor y fe a través del acercamiento a la literatura y la vida social y cultural de los cubanos que vivimos isla adentro. Zona de resistencia para intercambiar desde el tamiz de lo personal, aspectos de la vida y la experiencia de aquellos que a veces no tienen voz, ni rostro en los medios, pero sí una participación importante en la construcción de lo cubano en el día a día.
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